El Blog de Teatro en Madrid

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Desde hace pocas fechas, el Teatro Galileo de Madrid pone a nuestro alcance la impagable oportunidad de disfrutar de una obra de teatro intensa, rotunda y poderosa, con todo el brillo de la interpretación de un magistral Miguel Ángel Solá. Te hablamos de Testosterona, un texto original de Sabina Bermán que se representará hasta el próximo 14 de diciembre bajo la dirección de Fernando Bernués.

Sobre las tablas del Galileo, Paula Cancio y el propio Miguel Ángel Solá, se encargan de dar vida a dos personajes llenos de fuerza, pasión y verosimilitud, en una trama en la que los sentimientos antagónicos, el poder, las ideas, la voluntad, la ambición, la vanidad, el amor o la lealtad conforman un cóctel que cautivará y seducirá al espectador desde el primer minuto. En cierta medida, Testosterona es una original suerte de thriller escénico, intimista y a la vez desgarrado.

Testosterona es una sólida y conmovedora historia, rebosante de tensión y humanidad, en la que los recuerdos, la nostalgia, los sueños, las cuentas pendientes, las ideas enfrentadas y las frustraciones de los personajes adquieren la máxima dimensión e involucran al público, sin dejar tregua a lo largo de toda la representación.

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Puede decirse que el talento dramático del actor Miguel Ángel Solá es un activo más que sobresaliente para justificar una función o llenar un escenario, por sí solo.

Más allá del buen hacer de los actores, Testosterona es una propuesta única en la que el trabajo y la brutal competitividad profesional en un periódico serán el ruido de fondo para desvelar situaciones inesperadas, dentro de una cautivadora sinfonía de emociones y comportamientos, confesables, dudosos e inconfesables.

No vamos a contarte nada más, preferimos que la historia sacuda tus sentimientos, te sorprenda y te arrastre. Testosterona te espera, de miércoles a domingos, en el Teatro Galileo de Madrid.

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2 Respuestas hasta el momento.

  1. Juan Ramón López dice:

    Testosterona (doble o nada para todos)

    Por Juan Ramón López

    Salgo del teatro respirando teatro. Viento, llovizna, un leve escalofrío y la necesidad de un refugio para que las sensaciones sean presa de mi boli y de mi agenda. Me acodo en la barra de un bar, hago mi pedido y anoto: “inteligencia actoral que reproduce a raudales Miguel Ángel Solá en sus interpretaciones, con esa carga de sensibilidad única y profunda, de la que eleva y sobrecoge” (eso es de Francisco Rodríguez Alonso hablando del actor). Sí. “Pero esta vez, al todo Solá, se le suma “ella” -virgen de teatro hasta hoy-, Paula Cancio, “tan intensa -en todos los sentidos- actriz, como para mostrar a esa hembra herida capaz de hundir al hombre en la más desesperada zona del querer” -añado yo-, volviendo mentalmente a esa sala tan bonita como desangelada que es la Galileo, mantenida -por tradición- en estado de coma.
    Retomo: “Testosterona” -hormona también-, es una obra teatral como pocas hay en el aquí y ahora del teatro. Sinuosa, sólida, viva -sin eufemismos, complejos, ni medias tintas-, promete y cumple con creces la tarea de hacernos trepar hasta la planta alta del dolor y el desengaño. Y es una trampa con queso y ratón incluido, acidulando el necesario adiós que se pronuncia así: destiempo. Teatro “del de antes” -con comienzo, desarrollo y final-, que te permite pensar y sentir y presentir, aunque la intuición quede agotada de tanto querer saber antes lo que sabrá después. Ignoro en qué cielo andaría Sabina Berman cuando se le cruzó este zepelín de inspiración que aterrizó en Madrid, y, que, espero -tras una larga y exitosa estancia en la capital-, llegue a toda España.
    Pienso, y luego admito: En “Testosterona” sólo se trata de vivir como se puede, muy pocas veces como se quiere, ¿Dos que se ama a pesar de todo? Dos, eso sí, que se complementan para lograr un hijo -no de carne y huesos y sangre, no con los ojos de uno y la tez y el cabello del otro, no-, sino su único hijo posible: el que no fue.
    Sigo: “menos es más”, dice la autora; y lo practican con denuedo quienes plantean la verdad de “Testosterona”. Obra sin pelos en la lengua que te atornilla a la platea con tu absoluto consentimiento. Y que te ofrece, como las mejores, el poder ser alternativamente, “uno” u “otra” (magistral dirección de Bernués en ese sentido), para que, desde cada punto de vista único y rotundo, logremos desencadenar el propio soliloquio interno. De estructura impecable, rigor en crecientes y decrecientes, en presencias y ausencias y en sonoridades que se acoplan como en concierto, siempre a flor de piel, utilizando lo conceptual como las migas de pan de Hansel y Grettel, pero sin enterrarse en ese tipo de miseria que deje a la vista los gusanos que oradan la implacable belleza de sus dos protagonistas, que, aún abatidos, se yerguen sobre sus pies y acarician con sus manos. Eso es “Testosterona”.
    “Testosterona” cuenta la historia del desencuentro y de la ambición y de ese dedo que elige para poder seguir siendo dedo en mano de otro -de otra en este caso-; haciéndonos repudiar más y querer más al mundillo que damos vida los periodistas de vocación y paga. Fábula de lo real; síntesis virtual de un mundo mal trazado, mal vivido, mal querido, mal oído, que se hace carne en nuestro periodismo de cada día, cada vez más poblado de fantasmas y de corazones deshabitados del juego, que, sin reglas, no es juego agradable y sirve solamente para someterse ante un poder enfermo de obesidad mórbida, decidido a huir hacia un futuro que resuelva lo que ni ayer ni hoy hemos sido capaces.
    “Testosterona” nos espeja, exige, obliga, impone, ante el sillón que quedará vacante. Cosas de todos los días, pero que no se ven así de claras por la noche, antes del examen de conciencia.
    Quizás: “Para sobrevivir en este podrido mundo tal cual es”, podría haberse llamado esta obra teatral, intensa e inteligente, concebida por Berman-Bernués-Solá-Cancio. Pero se llamó “Testosterona”, porque quien la escribió sabe de síntesis, bien por vida propia, bien por imaginación aplicada; y tanto sabe cómo tan bien escribe.
    Agrego: es tan veraz lo dicho y hecho en “Testosterona”, que este espectador con ínfulas de escriba que soy admira que el cambio permanente sea el sino de esto que eligió contarnos con la complicidad de los otros tres nombrados, esta gran autora mejicana. El formato es el de “una de amor”, pero diferente e imprevisible. ¿A quién no le ha pasado alguna vez eso de imaginar el desierto despacho del último piso de un periódico de una gran capital -ese piso en el que se decide quién vive y quién muere-, cuando todo ya pasó, como la misma noticia, cualquiera sea?
    Berman, Bernués, Solá y Cancio, respiran a un tiempo en tonalidades complementarias. Los cuatro son la obra teatral. Los cuatro merecen mucho. Por hacer entender con el ejemplo el valor de ser expertos en sinergias horizontales, como lo es Miky, esa pequeña devora vidas de esta obra.
    Es el debut teatral de Paula Cancio. Alguien deberá abrir las puertas para que este hermoso y vital ejemplar galope a sus anchas siempre y patee el aire a gusto y placer y coma de la mejor hierba. Ojalá así sea. Gracias, Paula.
    Frente a ella, “el Cassius Clay de los actores de habla hispana” -como lo rebautizara un gran crítico nuestro de teatro ya fallecido-, que va “provocándola” con sus zarpazos y su bailoteo incansable e impredecible, recordándole que también él está allí. Gracias, señor Solá.
    Consumada y consumida mi segunda caña, me digo a mí mismo: soy crítico de cine. ¿Qué hago escribiendo sobre teatro? Ocurre que Testosterona es el mejor cine hecho teatro.
    Ahora sí. A los que me leéis: os es familiar mi falta de síntesis, no os pienso pedir disculpas, “Testosterona” vale este tiempo y mucho más. Pero no he de cometer el error de añadir en negrita y subrayado: ¡Id a verla, conciudadanos!, porque ya se sabe cómo las gasta mi tribu desde que hice público que, aunque creyente, me gusta vivir el arte de las cosas más “raras”, no el de las más “católicas”, que para ello dispongo de otro tiempo.
    “Testosterona”. Sala Galileo (C/Galileo 39, haciendo esquina con c/Fernando el Católico) Madrid. Difícil de encontrar: paredones de ladrillo que se unen en la confluencia de ambas calles; sin señal alguna que ofrezca el arte que en ella se respira. Cosas de Dios, en definitiva, y de cómo reparte los dientes.
    De Albacete al Foro hay 250 km, algo más de dos horas en coche y algo menos de dos en tren… La distancia que recorramos o el tiempo que empleemos es lo de menos para ver esta magnífica obra. Arte sobre las tablas que mezcla la belleza, el talento y la juventud de Paula Cancio, con la grandeza y experiencia del maestro Solá. Pareja de lujo en la escena y en la vida real, que engrandece el teatro con sus interpretaciones. Les ánimo a que recorran esa distancia con ilusión hacia los efectos virilizantes y anabólicos de una obra que -bajo el título de la hormona sexual principal masculina, la testosterona- es tan esencial para la salud y el bienestar como para la prevención de la osteoporosis teatral.

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