El Blog de Teatro en Madrid

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Si usted, espectador, se ha dejado la ropa mojada dentro de la lavadora y mientras está aquí sentado su ropa está destiñéndose, o si usted, espectadora ha dejado el coche mal aparcado y en este momento se lo está llevando la grúa, entonces son ustedes, por estar aquí espectadores excepcionales. Ustedes han elegido estar aquí a pesar de los inconvenientes que todo eso puede acarrearles en su vida. Son ustedes excepcionales porque son valientes, porque no han elegido el camino fácil y el valor de lo que han dejado de hacer, lo que se conoce en economía como el coste de oportunidad, es elevado.

Los que pisamos las tablas sabemos que la exigencia por el trabajo bien hecho no está en manos del que nos contrata. Estar o no programado en un teatro bien puede deberse a cuestiones subjetivas, a gustos, a criterios variopintos, peregrinos, faranduleros o a cualquier otra chorrada en pepitoria que se le ocurra al programador; perdón por eso último, los artistas gozamos de cierto margen para la insolencia. Nos consuela pensar que el arte, el teatro, es subjetivo y que ya habrá otro al que sí le gustemos y nos llame. ¡Viva la ilusión! y si no, adiós.

A lo que iba, la verdadera exigencia, la incuestionable, parte de ustedes, los espectadores. El público manda, eso dicen y nosotros hacemos lo que podemos. Así que ¡no quiero desaprovechar estas líneas!…, no puedo…, me veo muy tentada a darles pena y a dorarles la píldora, a mi público, pagaría un coste elevado si no lo hiciera, me juego el sustento. Igual que por mí, siento gran pena por ustedes, señoras y señores. Una pena infinita. Todos estamos apenados. Yo por ustedes, ustedes por mí. Que a ustedes les apenen mis piojos, que a mí me apenen todos sus calzoncillos rosas, y así hasta el infinito. Un rosario de penas y todos llorando. Es una buena forma de pedir disculpas de antemano. Un mal de muchos. Todo sea por estar aquí

Unidos por la compasión, ya no me queda otra que ser valiente, como lo son ustedes, como lo es esta pieza que interpreto, de pintarrajearme la cara con mi propia mierda, de salir ahí, sin red, de correr el riesgo de darlo todo pudiendo irme a mi casa con las manos vacías al pensar en el fastidio que les he podido provocar. Pero, ¡oh, milagro!, también pudiera pasar que saliésemos todos a la calle de manera distinta a como entramos. Con otra mirada ante el mundo, con otra actitud. Pudiera ser que este hecho teatral se convirtiese en una experiencia fundacional en vuestras vidas, como me ha sucedido a mí. Algo recurrente que apareciese en los momentos en los que hay que tomar decisiones importantes, como si de la idea de la muerte se tratase. Así también es el teatro, tiene esas capacidades, ese poder. Por eso no lo dejo. Sueño con poder calmar a la señora que va a tener que pagar los 180 euros que cuesta la grúa. Creo que puedo hacerlo, sin compadecerme de ella. Necesito que piense que ha empleado su tiempo, de la mejor de las maneras posibles y que le sonría al destino para que el destino le sonría a ella y la próxima vez que vaya al teatro encuentre aparcamiento. Deseo que el coste de oportunidad de ver Mi relación con la comida, en este mes de las compras, sea muy bajo, escaso o nulo y que salgan ustedes del teatro, alimentados, vivos, con ganas de probar lo que aquí se ha cocinado. De nuevo, la rentabilidad emocional. Feliz Navidad.

Esperanza Pedreño
MI RELACIÓN CON LA COMIDA

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